País con amnesia Chile: la tercera ola

Esta es una continuación de dos columnas anteriores que conceptualicé como país con amnesia. En este punto saga. Chile parece haber experimentado un choque, cortocircuito en la memoria. Nuestros recuerdos se desvanecieron hasta que los olvidamos por completo. Es como si hubiéramos enterrado una parte de la historia, ya sea porque nos da vergüenza, porque hemos cambiado de opinión o simplemente (lo más grave) porque alguien nos ha convencido de que no existe.

Ya nadie parece recordar que hace menos de cinco años nos creíamos progresistas, que millones salieron a las calles el 25 de octubre de 2019 para marchar contra la desigualdad, las malas pensiones, la colusión y otros dolores que estallaron el 18/0, tras décadas de construir energía en nuestra sociedad. Piñera tuiteó ese día que le gustaría marchar con el pueblo; mientras Felipe Cast escribió: “Una jornada tranquila que marcará la historia. Chile no es el mismo de ayer. La política no cambió eso. La política necesita cambiar”. También se nos olvidó que la gente no permitía banderas partidarias y que iban en familia a protestar contra las elites, cansadas de los abusos, del cartel del pollo, de Penta, de SQM. Luego nombraron todo como Octubreismo. Una interpretación, una verdad.

Poco después, el 80% votó a favor de cambiar la Constitución y unos meses más tarde el 60% votó por los independientes convencionales, la mayoría de la Lista del Pueblo. Luego elegimos a un joven de izquierda con la mayor cantidad de votos que ha tenido un presidente de la república en la historia.

De repente todo eso quedó olvidado. Fue borrado de la memoria. Alguien ha convencido a estas mismas personas de que esta afirmación sólo la hicieron algunos encapuchados, algunos delincuentes, algunos octubristas. ¿Dónde estamos el resto de nosotros? En poco tiempo todo desapareció de los recuerdos. Y llegó la Convención Republicana y regresaron las posiciones conservadoras. Nadie recordaba nada de la etapa anterior. Había desaparecido.

Y como somos un país condenado a repetir su historia, el nuevo ciclo parece comenzar de nuevo. Cuando hay amnesia, no hay miedo a lo ya vivido. Seguimos con la misma constitución, los partidos lograron eliminar a los independientes, la élite sigue dominando el poder político – qué mejor ejemplo que el dúo Rincón/Walker – la colusión ha vuelto, la tragedia de Antuco ha vuelto a ocurrir, nuestros políticos quieren restaurar ley marcial, que también costó a los fiscales de Torres décadas de sufrimiento. Y a pesar del doble fracaso constitucional y de que les digan que a nadie le importa cambiar el sistema político, nuestros parlamentarios – con sospechosa transversalidad – buscan ajustar el sistema para eliminar partidos pequeños y, además, «cruzar» estas voces. Consistencia impecable.

Pero a pesar del intento de borrar por completo la memoria colectiva, al igual que en aquella genialidad con Jim Carrey, El brillo de la mente pura, todavía tengo la esperanza de que podamos salvar parte de esta memoria bloqueada. Una forma es obligar a la memoria a establecer conexiones y recordarle a la sociedad lo que quiere esconder debajo de la alfombra.

Estas semanas fueron una especie de desafío a la amnesia colectiva. Hemos aprendido que la colusión es válida no sólo como lo era hace unos años, sino también en medio de una pandemia. Es decir, cuando más se necesitaba la solidaridad, dos empresas acordaron subir el precio del oxígeno que necesitaban las personas internadas en los hospitales para sobrevivir a un virus desconocido que despertó nuestros peores miedos y pesadillas. Patético.

El ejército también nos demostró que ha olvidado su propia historia y que aprendió menos de lo que pensábamos de la tragedia de Antuko, al someter a reclutas de 18 años a marchar sin el equipo adecuado. Además de la muerte de Franco, de los niños amputados con traumas psicológicos, las autoridades, la clase política y el propio comandante en jefe no estuvieron a la altura, reaccionaron tarde, demostrando que este país no puede vivir dos tragedias paralelas: estaban todos dedicados al crimen de los tres carabinieri. Si no hubiera sido por la madre de Franco, lo habrían borrado de la memoria.

El Congreso también nos recordó esa sensación de enorme desigualdad en un país que es capaz de salvar a los bancos o a las Isapres, pero no a la PYME promedio, condenada a morir al primer retraso en sus compromisos bancarios o tributarios. Las isapres devolverán a los clientes en 13 años lo que les quitaron de una sola vez, elevando sus planes al 7%.

Enel contribuyó con su parte a nuestras mentes sin memoria, cortando el suministro eléctrico a casi un millón de personas pocas horas después de que comenzara a caer débilmente en Santiago. Tres días después, 50.000 personas seguían sin electricidad, el silencio de la SEC y la amenaza de algunos alcaldes de hacer campaña contra la empresa italiana. ¿Te imaginas si Enel dejara Roma sin servicio?

La guinda del pastel, el rayo que activa esos recuerdos bloqueados en nosotros, esta negación de lo que hemos sido y no podemos recordar, llegó de la mano de la Iglesia Católica cuando el pasado viernes los jesuitas concluyeron que Felipe Berríos era culpable al ser expulsado de la orden religiosa y se le ha prohibido -cómo demostrarlo- «contactos pastorales» con menores durante 10 años? Así, como provocación al olvido, al entierro de la memoria, Roma recordó a los chilenos los casos de abusos y pedofilia cometidos por sacerdotes tanto progresistas como conservadores unos años antes del estallido de la epidemia social. Además de Berríos, la Arquidiócesis de Concepción expulsó al sacerdote Roberto Valderrama por abuso sexual. El sacerdote abusaba de sus víctimas mientras las hipnotizaba.

Y, por supuesto, en el país con amnesia, este será el tercer gobierno –después de Bachelet y Piñera– que no implementará la reforma de las pensiones. Por lo tanto, los viejos seguirán viviendo miserablemente. Una cosa es segura: más tarde la élite nos lo volverá a decir, No lo vimos venir.

  • El contenido expresado en esta columna de opinión es responsabilidad exclusiva de su autor y no necesariamente refleja la línea editorial o posición de El contador.

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